Gabriel Guanca Cossa: Herencia


A Juanjo Hernández 

La siesta en el patio, haga frío o haga calor. La pileta llena de agua y jabón, la espuma, el olor de la ropa antes y después de ser lavada. Todo eso lo conozco desde muy chica. Durante las siestas de mi infancia, las horas se volvían largas y el aburrimiento espantoso. No tenía muñecas ni amigas.
Hoy lavo grandes cantidades de ropa en pocas horas; casi siempre, antes de echarle jabón al agua, vuelve la imagen de mi mamá fregando y enjuagando, colgando ropa de manera mecánica. Al principio conversábamos mientras lo hacía. Ella me hablaba de su niñez en el campo, o inventaba historias: algunas que me alegraban mucho, otras que me hundían aun más en mis penas.
Hoy, que lavo grandes cantidades de ropa en pocas horas, entiendo por qué hubo un momento en que dejamos de hablar. Me doy cuenta de que, entre palabra y palabra, ella se distraía y descuidaba su labor. Y eso no nos convenía: cuanto más lavara mamá, más dinero ganaría.
Fue entonces cuando el silencio entre las dos me trajo bostezos sin sueño. Me la pasaba mirando. Cuanto más miraba, descubría algunos secretos velados por la siesta. Sentada a la sombra pude ver cómo la ropa colgada reverenciaba al viento: los pantalones movían sus piernas, las remeras agitaban sus brazos como si intentaran volar, las corbatas se retorcían como víboras multicolores.
Era bastante entretenido. Pero sabía que ver lo mismo a diario era ir directo al hastío, porque a la larga resultaría aburrido ver las ropas agitarse siempre de la misma manera. Sólo las sabanas, que a veces hacían panza con distintas formas, renovaban el espectáculo. Igual, después de unos días sabía cómo embolsaban el viento y adivinaba la forma.
Cuando era chica, pensaba que mamá no se aburría. Según mi razonamiento, ella se la pasaba distraída, lavando. Por eso, un día le pedí algo de ropa, quería ayudarle. Me dijo que era muy chica para esas cosas, que no sabría hacerlo y que terminaría estropeando alguna prenda. Me dio tanta bronca que le grité, le dije que estaba aburrida, y ella me miró como para retarme. En ese momento sentí cómo las lágrimas me mojaban el cachete. La mirada de mamá cambió. Con la cabeza ladeada, la oreja casi tocándole el hombro derecho, me dijo que aguantara un cachito, que le faltaban unos cuantos pantalones. Después nos bañábamos y salíamos a caminar un rato. Yo le dije que sí con la cabeza, porque no podía hablar; ella se acercó, se secó las manos en la pollera y me agarró del mentón. Tenía las manos frías, ásperas y con olor a jabón.
Me soltó, buscó debajo de la pileta y sacó un balde celeste. Lo llenó con agua y le echó un puñado de jabón. Me llamó. Metió la mano y agitó el agua en el balde. Vi cómo se levantaba la espuma. Me dijo que jugara con eso hasta que ella terminase de lavar.
Al otro día, mamá tenía doble cantidad de ropa para lavar, así que yo sola preparé el balde celeste. La tarde anterior, después de bañarnos, nos habíamos quedado en casa. A mamá le dolía mucho la espalda y nos sentamos a charlar: me contó que mi abuela era lavandera, y que ella también se aburría cuando era chica. Me contó que una vez, mi abuela le había enseñado algo así como una fantasía que se lograba con un balde, agua y jabón. Le dije que yo no había encontrado nada fantástico en eso, que más bien me parecía estúpido eso de jugar con la espuma. Entonces me sonrió y me contó el secreto.
Desde ese momento supe qué hacer con el balde, el agua y el jabón. Jugaba a que yo era el viento y las espumas eran nubes y el fondo del balde, el cielo. Después era al revés: el cielo era cielo y el fondo del balde mar, las espumas eran islas pequeñas, lástima que no había barcos.
Hoy recuerdo que desde un principio sabía que, al final, de eso también me iba a aburrir. Y cuando eso me aburrió, mi mamá volvió a ingeniárselas para darme algo con qué entretenerme.
Pero un día se terminó. Mi mamá se enfermó y tuvo que dejar de lavar. La última vez que la vi fue en un hospital. Estaba dormida y no me dejaron hablarla. Una de mis tías se hizo cargo de mi crianza, y ahí sí que había de todo, menos un balde con agua y jabón.
Al año, mamá murió de algo que no me interesa recordar, como no me interesa recordar lo que ocurrió después.
No sé por qué hay imágenes que están, que sobreviven, y otras que se van, se borran. Sé que hay un recuerdo para cada momento; por eso, cada vez que veo la espuma o cuelgo algún pantalón, me acuerdo de mamá, de sus manos ásperas y frías, de sus relatos; recuerdo sus intentos de meter cielo y mar en un balde para que yo no me aburriese. Esa actitud desesperada que recién hoy comprendo, cada vez que lleno de agua un balde, le echo jabón y se lo entrego a mi hija para que juegue.



Fuente│¿Literatura? Historia de un amor no correspondido... Blog de Gabriel Guanca Cossa
Video│Biblioteca Parlante Haroldo Conti

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