Soledad, sola. Por Carlos Skliar


Soledad tiene ahora 51 años, los cabellos blancos antes de tiempo, arrugas finas y sostenidas desde la nariz hasta las sienes, todo el mundo parece caber en su mirada –la impotencia de la vida sola, la potencia de aquello que puede descubrirse a todo instante, la fragilidad de lo que nunca se aprende-, y una extraña terquedad por saber de qué están hechas las mandalas. 

Su percepción va más allá de lo posible y se detiene en cada color que no miramos, en el movimiento que no percibimos, en los gestos que siempre pasan desapercibidos: la hormiga lenta, retrasada de su hilera, el olvido impune de un saludo ocasional, el modo en que se abre o se cierra una puerta, la caída del agua entre las piedras cuando es invierno, el cambio de tonalidad de los ojos de quien se acerca, y el presagio infalible de una nueva lluvia. 
Hace magia con papeles en apariencia inservibles: un pájaro que levanta vuelo, el barco que nunca naufraga, la casa donde quisiera vivir por las tardes y decenas de sombreros que nunca guarda.

Hasta los 40 años vivió, reclusa, en el hogar de sus padres, sin que hubiera una ventana desde donde adivinar el mundo, una abertura al cielo, a la tierra, a los pasos de la gente, a la sombra que la tarde arroja sobre las madreselvas. Reclusa, recluida, prisionera, su madre le autorizaba a salir de la cama –ese reino de sábanas sucias, el desquicio del olor asfixiado- solo para comer algún desperdicio y para, luego, expulsarlo en el baño; su padre la veía como un castigo de dios, decía que había nacido así porque él no había sido lo suficientemente bueno como para una normal descendencia; apenas si le permitía acompañarle a misa para un probable conjuro o una expiación unánime.

Fue a la escuela por primera vez cuando tuvo 46 años. No miraba a nadie, a ninguno. No había mirada para lo humano: todo le resultaba invisible, inservible. No sonreía -¿porqué debía hacerlo?- y no dejaba que nadie la tocase. Se quitaba las ropas, siempre oscuras, siempre grises, para ir al baño entre medio de la gente y se mordía los dedos hasta sangrarse en señal de dolor cuando menstruaba.

Vive ahora en una residencia para ancianos. De algún modo lo es, aunque va a la escuela todos los días, porque también es niña; o tal vez no es ni vejez ni infancia y sigue aprisionada en la edad eterna del todo y de la nada, ese tiempo inaudito en que las cosas que creemos importantes nada duran, y las más pequeñas contienen la duración de los siglos.

¿Cómo decirlo, cómo contártelo? Ninguna frase hecha está hecha del todo: parece una mirada niña dentro de un cuerpo cabizbajo; como si sus ojos apreciaran todavía el nacimiento de una flor y el resto no fuese más que la carne seca de un sepulcro descuidado, abandonado, destituido de voz; parece como si su cuerpo haya crecido más allá de sus sentidos, más lejos que sus pies y aún más de prisa que su tiempo aquietado, adormecido.
O quizá no haya relato alguno para ciertas formas de vida, y lo extraordinario sea, entonces, la presencia abrasadora y asombrosa del silencio.

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