Valer la pena. Por Carlos Skliar

¿Vale la pena algo, alguien?

Por supuesto que la pena vale, que ciertas penas valen la pena.

A dos solitarios cualesquiera les vale mucho la pena, por ejemplo, el rozarse. Pues cuando una piel se aparta de otra, hay abismo, indefensión, el cuerpo se vuelve errático, y duele como duelen las trampas necias de la palabra.

Rozarse no cambia nuestro origen y destino de grieta: somos una existencia herida.

Pero: ¿qué vale más la pena: rozarse y después agrietarse aún más? ¿O no rozarse y seguir siendo la grieta anterior? ¿Qué relato permanecerá como nuestro: el de ser una grieta osada o una grieta medrosa, timorata, espantada?

Rozarse quiere decir: reunir en un espacio indefinido una doble mirada amatoria. Esa mirada no piensa: ejecuta una obra que desconoce por completo desde el inicio hasta el final. Da órdenes sin ton ni son a las manos, a las piernas, a la boca, al cuello, a los labios, al silencio.

La mirada amatoria ve más que un águila y prefiere el periscopio al microscopio.

Si los solitarios que se rozan se alejaran un milímetro, si por alguna extraña razón tuvieran que apartarse, la bruma se vuelve infinita y comienza una escena bien distinta: el desencanto, la promesa en la ronca madrugada, la palabra como indecisión, o el adiós como indiferencia.

Cuando la mirada amatoria se quiebra todo regresa a su ausencia inicial, al lugar donde cada uno estará como siempre estuvo: con los ojos solos, el pasado solo.

Y aún así vale la pena la mirada amatoria porque no busca asimilarse ni violentarse. La pena viene después, es posterior: una pena que vale es la que resuelve si algo, alguien, recalará luego en el recuerdo o se esfumará para siempre en el olvido.

Solo hay dos cosas que de verdad no valen la pena: el desamparo y el maltrato.

Porque si una pena vale no es necesario despojar al otro del suelo que pisaba, ni golpear su cuerpo con objetos punzantes como las palabras.

Los solitarios no piensan en los límites sino en esa suerte de tristeza irremediable que causa el movimiento perpetuo de la pena: esa pena que sobreviene cuando se sabe, desde el inicio, que algo vale completamente la pena.

Encontrarse dos o más penas, esa es la pena mayúscula: se pierde de vista la salida, es cierto, pero lo que más duele es el extravío del doble deseo.

Es por eso que los solitarios establecen criterios rigurosos para diferenciar con cierta honestidad el valer la pena, el a duras penas, el estar apenado y el dar pena.

Los solitarios no se miran de reojo, sino de espaldas, porque saben que la despedida será un hecho.

Si se miran al espejo les ocurre lo mismo que a Borges: se ven solos, y no hay nadie en el reflejo.

Viven en casas pequeñas con ventanales grandes para apreciar si es par o impar la soledad de la gente.

Les apasiona leer a Clarice Lispector y, por otras razones, también a Kafka.

Nos hacen escuchar una canción de Caetano Veloso –“Qualquer maneira de amor vale a pena. Qualquer maneira de amor valerá”-; y dejan sonar incesantemente aquella música de Ivan Lins: “Começar de novo, vai valer a pena”.

Los solitarios creen que vale la pena mucho más la pena en portugués, que esa misma pena en cualquier otro idioma.


Fotografía: Iván Castiblanco Ramirez

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