Ángel Gabilondo: A solas

En esto de vivir, de una u otra forma nos encontramos a solas. La peripecia personal, la aventura singular, la travesía individual nos ponen en la tesitura de tener que vérnoslas con nosotros mismos. Y por muy colectivos que sean los desafíos, por muy comunitarios que resulten, por muy abiertos que estemos a los avatares sociales y públicos, la tarea de afrontar nuestra propia existencia es irremplazable e insustituible. Y no es cosa de desentenderse.

Un cierto recorrido, un determinado camino es intransitable por otro en nuestro lugar. Suele decirse que nadie vivirá tu vida, nadie morirá tu muerte, nadie dirá tu propia palabra. También el lenguaje en el que somos muestra esta ineludible relación con uno mismo que nos hace ser propiamente quienes somos. La urgencia de los asuntos, la llamada de las necesidades podría enfrascarnos en tareas sin duda imprescindibles pero que no dejan de requerir esta consideración para con nosotros. Y los ardides para con uno sólo funcionan muy limitadamente.

 Sin embargo, la adecuada entronización de sí mismo no exime de la experiencia de determinada soledad. Al contrario. De una u otra manera también evitamos vérnoslas con la tarea de efectuar semejante itinerario. Porque no es sólo un recorrido, es la labor de abrirse paso. Y no de cualquier manera. Y aquí, como Blanchot señala, la verdadera soledad es la de “alguien que no tiene ocasión de engañarse acerca de sí mismo”. Y es preciso velar por ese espacio sin guaridas. En él no hay un secreto escondido. Si hay algo inconfesable no es porque se oculte. Estamos tan a solas que ni siquiera podemos desvelarnos lo que también desconocemos. Es inconfesable para los otros y para nosotros.
 
(...) Amparados en tantas labores y ocupaciones, no hemos de descartar que en realidad encontremos soporte en ellas para no afrontar lo que nos corresponde y que ningún entretenimiento, por muy noble que resulte, puede eludir. La intemperie y la desnudez de lo que nos espera a cada quien son tan contundentes que no requieren ser firmes para ser consistentes. Todo tipo de inclemencias acompañan la incertidumbre en la que nos movemos. Y nada ni nadie impedirán que hayamos de proseguir.

(...)  A solas no es simplemente un modo de habitar la soledad, es a su vez una forma de ser y de obrar que se hace cargo de la responsabilidad que no se transfiere, de la decisión que no cabe ni postergar ni eludir, de la entereza que se requiere cuando no es posible imputar lo que nos corresponde a otras instancias y no hay refugio en ningún tipo de profundidad que evite la emergencia. Nos despertamos en cada ocasión a un vivir que no podemos diferir. Él trae su propia condición intempestiva y no es cuestión de tratar de no coincidir con nosotros mismos en una tardanza o en una distancia que nos permita no hallarnos en la tesitura de hacer. Ni a solas significa solos, ni por no estarlo dejamos de encontrarnos en esa situación.

Por: Ángel Gabilondo | 01 de marzo de 2013

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