¿Qué nos pasa a las mujeres?

Según la RAE, la palabra misoginia proviene del griego y significa “aversión u odio a las mujeres”. No se aclara en el diccionario por parte de quien, por lo que es obvio inferir que tanto de hombres como de mujeres. Vale esta aclaración si tenemos en cuenta un lamentable hecho reciente en relación con la publicación de una tapa de revista. 

El tema fue tratado en los medios y en las redes sociales, en algunos casos, con una claridad y precisión dignas de destacar como el Comunicado de la REDCOM: Red de Carreras de Comunicación y Periodismo de la Argentina: “Acerca de la tapa de la revista Noticias, su relación con la violencia de género y la transgresión de normas éticas y legales”, que se encuentra disponible en Internet y cuya lectura recomiendo. 

Las mujeres de mi generación (el año próximo cumpliré cinco décadas) hemos alcanzado derechos y libertades, que se fueron adquiriendo en el pasado siglo XX y que hoy, pleno siglo XXI y a la luz del suceso que comento más arriba, parecería que nos toca reivindicar. 

Quienes me conocen, me han escuchado relatar más de una vez una anécdota que me sucedió, trabajando como profesora de matemática, a las diez de la noche de un viernes, en una escuela secundaria de jóvenes y adultos. Esta historia mínima me marcó y la vuelvo a compartir. Un estudiante llamado Walter, a mi saludo de “Buenas noches, ¿cómo les va?”, respondió, en voz muy alta, con una pregunta: “Profesora, ¿usted tiene hijos?”. Contesté: “No”, con un tono de extrañeza por la interpelación que me sorprendió. Ignorando mi perplejidad, siguió: “¿Porque no quiso o porque no pudo?”. Antes de que pudiera pensarlo, me escuché diciéndole a él y a toda la clase que esperaba curiosa: “No se dio”. 

La época no nos impuso mandatos sociales y culturales de ser madres y casarnos. Trabajamos, estudiamos, pensamos, nos expresamos, discutimos, asumimos cargos políticos, directivos, encontramos “nuestro lugar en el mundo”, tenemos sueños, proyectos, elecciones y luchas. Y también podemos amar, cuidar, proteger, acompañar, sostener, apoyar y servir. 

Sin embargo, resulta notorio que todavía nos falta un camino por recorrer. Que necesitamos espacios, ámbitos en los que, junto a los hombres, propiciemos el análisis, el debate y las acciones que tiendan a la protección integral de las mujeres. Quizás, para que la aversión y el odio se conviertan en afecto y en una convivencia en armonía, en igualdad en la diversidad. 

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