Un encuentro fortuito


El encuentro se produjo a la intemperie. ¿Fortuito? Podría decirse, o quizás, postergado. Se toparon al mediodía, en una vereda soleada del pueblo, a pocas cuadras de la plaza, después de la celebración del día patrio. El saludo, las palabras, las sonrisas se dieron con naturalidad. 

Ella percibió la cercanía distinta a como la había imaginado. Cualquier conjetura de tensión, recelo o ironía se desvaneció ante la actitud de él, que se encargó de disipar las diferencias, los desacuerdos, ciertos prejuicios devenidos de la identidad digital, de ese mundo virtual en el que habían intercambiado opiniones, preguntas, comentarios. 

La charla transcurrió con amabilidad: referencias familiares, alguna anécdota sobre gente conocida, preguntas sobre sentimientos que ella valoró particularmente. Y un mutuo re-conocimiento. 

Ella tomó la iniciativa de dar fin a  la conversación cuando escuchó sonar el celular de él. La despedida fue breve, con recíprocos buenos deseos de suerte para la vida.

Caminó, de regreso a su casa, pensando, interrogándose, ¿una vez más? en cómo nos relacionamos los seres humanos, en la inmediatez con que nos conectamos y desconectamos, qué parte de nuestro ser exhibimos en las redes sociales, cuál es la imagen que proyectamos, y cuánto más complejos y lejanos de las etiquetas somos de lo que aparentamos en la virtualidad. Y, esbozando una leve sonrisa se alegró de este encuentro fortuito que les posibilitó desvirtualizarse.

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