Diana Sahovaler de Litvinoff: "“No te quedes con ganas de nada”

“No te quedes con las ganas de nada”, dice el comercial de un producto de primera marca, y así resume la ideología de la época. La oferta de goces y objetos aparece como solución a la falta de respuestas frente al sentido de la vida. Objetos que se enaltecen a expensas de un sujeto que se detiene en su desarrollo y creatividad cuando supone que su angustia existencial es una equivocación.

Al idealizarse el objeto como representación de completud y felicidad, se convierte en modelo de identificación. El hombre quiere devenir ese objeto íntegro, estético, perfecto, contemplarlo y contemplarse en el espejo, en los blogs, Facebook o las filmaciones que sube a Internet, donde su vida puede ser un espectáculo para que otros se fascinen. Busca convertir su cuerpo en ese objeto en los gimnasios, moldearlo con cirugías, fijarlo con piercings y tatuajes, busca ser incorruptible al tiempo y al deterioro del envejecimiento. Y aspira ofrecer esa perfección al otro para completarlo a su vez.

La culpa, actualmente, no se liga al darse el gusto, como sucedía hace no mucho tiempo, sino todo lo contrario: sentimos culpa por no poder alcanzar el grado de placer establecido por el ideario social y las tentaciones personales de cada uno. El placer nunca parece suficiente, la pareja que se elige puede estar impidiendo el acceso a otra mejor, cualquier grado de satisfacción parece poca cosa en relación con lo que se ve en la televisión o en las revistas. Es una característica humana la no coincidencia entre necesidad y satisfacción, que da lugar a un resto que nos hace seguir deseando, pero nuestra cultura incentiva la insatisfacción sistemática.

Todo esto coincide con una sobreoferta comunicacional e informática, a través de los medios de difusión que aportan su interpretación acerca de lo que ellos conciben como la realidad y la verdad, o a través de Internet, que pone a disposición una información sin límites y facilita la comunicación acortando tiempos y eliminando distancias. Los grandes avances tecnológicos y científicos estimulan la fantasía de que todo lo que se desea es posible. No se trata entonces de un medio que prohíbe, sino de uno que ofrece. El placer parece estar a la vista y garantizado a través de la posesión de bienes adquiribles o de vínculos con los que vivir un erotismo desatado de antiguas prohibiciones y miedos ancestrales.

Sin embargo, los deseos están para ser formulados, no para ser cumplidos. El hombre persigue sus deseos pero también teme a su realización, como Aladino aterrorizado cuando, al frotar la lámpara, aparece el genio ofreciéndole la realización del deseo. Y de esto deriva la respuesta fóbica, que se expresa por ejemplo a través del “ataque de pánico”, que es considerado el mal de nuestra época. La fobia es un modo de expresar el miedo; sus síntomas fabrican límites, prevenciones, el sujeto se mantiene alejado del objeto del deseo. El hombre retrocede frente a una oferta de goce que, de realizarse, arrasaría su subjetividad. Podríamos decir que, si bien el objeto ahora está al alcance de la mano, se ha escabullido el sujeto; se ha escondido, buscando protegerse de una realización de deseos que considera excesiva y peligrosa, y frente a la cual se siente pequeño e insuficiente.

Otras veces hace todo lo contrario: se exhibe, sube fotos o videos íntimos, muestra cuánto gasta, enumera sus actividades más banales. Ya que no hay un padre respetado ante quien mostrarse y que se interese, el sujeto exhibirá a millones de ojos virtuales sus movimientos y sus fotos. Parece estar en consonancia con el sexo y la violencia explícitos en la época actual, donde la vida se convierte en un show donde todo puede ser mostrado. El sexo y la violencia, descriptos y graficados en las pantallas y hasta editados para ser comerciados como espectáculo, la aparente falta de angustia que acompaña las imágenes y discursos más descarnados, tanto en el emisor como en el receptor, nos muestran viviendo en una era pornográfica. No nos referimos a la pornografía en su aspecto de placer preliminar, que implica el gusto por mirar y ser mirado, sino a su avance en terrenos reservados a la intimidad y al dolor.

El propósito de llevar la curiosidad y el conocimiento a su saciedad definitiva tiene el efecto de transformar en objeto al que recibe ese trato. La explicitación de la violencia intenta aclarar el enigma del sufrimiento y la muerte, así como la explicitación en la pornografía intenta aclarar los misterios del sexo. Por supuesto, son intentos fallidos. No está todo dicho cuando aparentemente se dice todo, y, en lugar de la culpa, la que aparece como síntoma es la angustia.

La autora es miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). El texto, publicado en Página 12 está extractado del artículo “Internet: refugio o escenario”, cuya versión completa publica en estos días la revista Imago Agenda.

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