Llantas. Por Javier E. Nuñez

Las mira a través de la vidriera de una casa de deportes ubicada en el bulevar. Son blancas - ese blanco imposible de las zapatillas nuevas, condenado a no perdurar- , con detalles en amarillo y un rojo fuerte como el de los semáforos nuevos. Bien faroleras, como le gustan a él. Imanes para los ojos. Que se destaquen ahí donde terminan los pantalones raídos. Piensa que a lo mejor ahora, al cruzarlo por la calle, van a bajar la vista y ficharle las patas. No como ahora, que bajan la mirada o la desvían pero por otra cosa. No. Entonces la van a bajar atraídos por ese amarillo chillón, por el rojo semáforo; se van a olvidar de la cara que tiene, de la piel aceitunada, de las uñas sucias. Blancas. Tan blancas en la vidriera. Cómo se le van a embarrar los días de lluvia cuando patee por el barrio. Pero mirá si por eso le van a dejar de gustar. Sucias y todo, serían llantas de puta madre.

El viejo lo va a reputiar. Boludo de mierda, quemando todo en esas zapatillas. Con lo que le cuesta al viejo juntar la guita. A veces lo ve llegar de noche, tan cansado que ni come. Aunque no está seguro de que sea por cansancio nomás. Se saca la ropa sucia, se lava los sobacos, las manos blancas y resecas por el polvo y la cal y se va a dormir. Le da lástima el viejo, con esos ojitos apagados y la cara como cortajeada por el sol y las arrugas. Es como si envejeciera más que los demás. Y él pensando en zapatillas. En vez de comprarse pilchas para ir a la escuela: por la misma guita se podría comprar un jogging nuevo, una remera, por ahí hasta un buzo en el negocio del gordo Acuña que trae ropa de La Salada y la tiene barata. Pero esas zapatillas. Esas zapatillas. Le van a dar algo así como un sentido de pertenencia, piensa - aunque no lo piensa así sino de algún modo más abstracto, lo piensa como una sensación y no con palabras - van a hacer que todo el mundo se olvide, aunque sea por un instante, cuando le fichen las llantas, que viene de un lugar de mierda y que no va a ningún lugar.

El Chelo tenía unas parecidas. Azules, eran, en vez de blancas. Manotiadas, claro. Por eso el viejo le dice que no se junte con ése, que tarde o temprano va a terminar como los dos hermanos más grandes que están en Coronda; o pior, como uno de los primos de la otra esquina que lo quemaron a tiros a la salida de un afano en una agencia de lotería. El viejo siempre laburó, de lo que pudo. No tienen mucho: la casa con paredes sin revocar que nunca se termina, algunos muebles y pará de contar. Pero a él y a los dos hermanos los manda a la escuela - aunque los tres después vendan boludeces en los semáforos o en el bondi, siguen yendo a la escuela porque para el viejo eso es fundamental- . Y cuando llueve no se mojan. Claro que al viejo también le gustaría otro barrio. Que se amarga cuando ve que los demás se compran un tele nuevo, una motito o pilchas de marca. Pero siempre dice que a él nadie le va a venir a sacar lo que tiene porque todo se lo ganó laburando. Que esa es la diferencia.

Qué lindas son, la puta madre. Tan blancas. Toca los trescientos pesos que tiene en el bolsillo. Qué contento estaba el viejo cuando vino con la guita. Le salieron todas juntas. Un amigo lo había metido en una obra grande y tenía laburo asegurado para varios meses. Trascartón vino el chaqueño Ortega, que había pegado un numerito en la quiniela, y le puso toda junta la que le debía desde hace como seis meses por el techo del baño. El viejo les repartió guita a los tres. Vayan a comprarse pilchas, dijo. Ropa. Lo va a reputiar cuando vuelva con las zapatillas, pero qué pedazo de llantas, loco.

Entonces escucha la voz. Fuerte, oscura. A ver vos, date vuelta, le dicen. El patrullero está arrimado al cordón, la puerta abierta. Los canas lo empujan contra la pared, al lado del negocio. Qué andás haciendo, preguntan. Nada. Miraba. Seguro, responden - o responde uno pero habla por los dos- , ya sabemos que mirabas. Las manos contra la pared, las piernas abiertas. Dice: Me iba a comprar unas zapatillas. Gira un poco la cabeza cuando lo dice, trata de mirarlos. Uno le pega un mamporro en la nuca. Mirá para abajo, le grita, y él tiene que agachar la cabeza y seguir hablando desde ahí. Me iba a comprar unas zapatillas, repite. Qué te vas a comprar vos, negro de mierda, le dice uno mientras lo palpa. Entonces mete la mano en los bolsillos. Saca un pañuelo, un atado arrugado con dos cigarrillos y los trescientos pesos. Revisa el paquete, después le pone la guita frente a la cara. De dónde sacaste esto, pregunta. Y no importa cuántas veces repita me lo dio mi papá, me lo dio mi papá para comprar zapatillas, durante un rato largo le van a seguir preguntando de dónde lo sacó, a quién se lo choreaste negro de mierda, decí de dónde lo afanaste. Primero ahí, al lado de la vidriera; más tarde en la comisaría donde cada pregunta va a acompañada de golpes en los brazos, en el estómago, en las piernas, en las costillas. Uno de los canas se fuma los dos cigarrillos. Al final se quedan con los trescientos pesos y lo largan. Tomatelás de acá y no te queremos ver cerca del negocio nunca más.

Ya casi es de noche. El viejo debe estar por volver. Tendría que ir yendo para casa, pero no tiene ganas. No todavía. Está sentado en un banquito de la plaza con el Chelo, fumando cigarrillos entre los dos y hablando de cualquier cosa menos de lo que pasó. Quiere que sea de noche, que llegue la hora de dormir, que llueva a cántaros, que choquen los autos que pasan por el bulevar. Cualquier cosa para pensar en otra cosa y no pensar. El Chelo fuma callado. Hasta hace un rato miraban a las minas y les gritaban cosas. Ahora hay poca gente. Casi nadie. Un chico pasa caminando por la vereda. Tiene unas zapatillas blancas, casi nuevas, que parecen brillar en la noche inminente. El lo ve pasar, oye el crujido de las hojas bajo las suelas aplastando el rumor más distante de las persianas que se cierran, los autos que pasan rápido. Le sale una voz de vidrio.

Qué buenas llantas, dice.

Publicado en Página 12
En Twitter: @javierenunez

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