/humillar/ (Carlos Skliar)

Parecida al desprecio, ‘humillación’ es una palabra aún más violenta. Roedora de almas y de ánimos. Doblada sobre sí misma, da señales de someterse a otras palabras tales como ‘poder’ o ‘dominación’. Deja marcas indelebles en todo el cuerpo. Quien la recibe, demora demasiado tiempo en reaccionar. Quien la pronuncia, sabe lo que está haciendo. Un ser que se cree curiosamente iluminado, golpea con toda su sombra a otro ser que es visto como sin luz. A eso llamaremos vejación, ofensa, muerte. No ‘humillarás’ jamás ha ascendido a la categoría de mandamiento.


Hay quienes han perdido decididamente su vocación (palabra que, lo sé, no hace demasiada gracia y parece pronunciada desde otras épocas). O su decisión. Contrariado su deseo. Su intimidad. La palabra por la cual fueron acogidos en el mundo. Me refiero al desertar de la voluntad de enseñar. De educar. De ese ‘dar lo que se tiene e, incluso, lo que no se tiene’, o bien: ‘dar lo que se sabe e, incluso, lo que no se sabe’. La pasión (palabra que cuando se junta con ‘educación’, también lo sé, parece una abreviatura de ese artificio que es el ‘amor hacia los niños’) se ha diluido en la profesión.
¿Qué habría o que hay un educador? No interrogo acerca de qué es un educador, para que no vengan hacia mí las infinitas definiciones más o menos conocidas, más o menos ajustadas. Pregunto: ¿En el educar no habría una suerte de preservación del mundo al interior de un gesto pequeño de amorosidad? ¿Una forma de hacerse presente al momento de decir algo, escribir algo, leer algo, aún cuando ese ‘algo’ sea intercambiable y cambie con los tiempos? ¿No hay en el educar, acaso, una hospitalidad consistente en acompañar, habilitar, dar paso, recibir, atender, escuchar? ¿No hay una primerísima y siempre presente decisión de afirmar la vida?
Las imposiciones y los excesos de técnicas y pericias no cambian en nada el dolor por las preguntas anteriores. Simplemente las han borrado, las han vuelto inexistentes, inútiles. Como si fuera posible responder a una pregunta que ya no está, que se detuvo en la nostalgia. O que cuando está se vuelve rápido latiguillo de una política antagonista. Prueba irrefutable de ello está en el curioso y cada vez más trágico transformismo de la palabra ‘educar’ por ‘humillar’.
Sin embargo, no es a los educadores sino a los humilladores a quienes se dirige este texto. A los que denigran a los demás. Por momentos o durante todo el tiempo, incluso durante el sueño. En algo en particular, o en todas las cosas. A los que humillan amparándose en un sistema anónimo sobre el cual siempre exponen su nombre. A aquellos que miran pero no te miran. En vez de eso indican con los ojos cansados el preclaro camino a seguir. Insisten con el recorrido y con la imperiosa necesidad del ser siempre-aprendiz, siempre-alumno. Hablan pero en un lenguaje ahogado hacia dentro. Desgarrándose el sí mismo. Y no se quieren dar cuenta. En nombre de lo real o de lo moral o de lo normal o de lo ideal o de la razón de la época, te obligan a cobijarte bajo su corto manto. Te adulan para que los adules. Suben lo más alto posible del sí mismo para que siempre los mires hacia arriba y duela la nuca y duela la edad y duela la timidez y duela la intimidad. No afirman, conceden. No te dan, firman con una escritura ya deteriorada por su mísera repetición. A veces te ponen la mano en el hombro para darte consejos que no provienen de ellos sino de una especie de humanidad global ignota. Hablan por tu bien, por tu futuro, para que seas lo que hay que ser-hacer. Remiten a su propio tiempo joven como emblema de su voluntad, y resguardan su presente como testimonio de impúdica felicidad. Te hacen escribir mucho lo que no deseas escribir, te hacen leer menos de lo que quisieras, te hacen filmar, grabar, entrevistar, auditar, escrutar, evaluar, etiquetar, informar, conceptualizar. Te hacen publicar. Pero tu nombre estará en segunda fila o siempre debajo, debajo de debajo. Te hacen sentir que uno es nota de pie página en tamaño imperceptible. Te escuchan sólo cuando están hablando. No conversan, porque el guión de la obra está escrito de antemano. Te hacen sentir equivocado, pequeñísimo, incapaz, ignorante, eterno discípulo, errático. Y también, enseguida después, te hacen sentir ingrato, perverso, olvidadizo, descuidado, desertor, infiel. Te enseñan a odiar las enseñanzas. Creen que lo que se enseña es lo que se aprende y que ello ocurre en el mismo momento. Te intimidan con la intimación a continuarlos. Nunca se sabe si habrá que estar demasiado cerca o demasiado lejos. Logran que la duda se vuelva contra uno mismo. El camino que te muestran es un camino ya ocupado por ellos mismos. Abruman con estatutos, decretos, reglamentos, pactos. Te incluyen en grupos, centros, foros, cenáculos, redes, seminarios, congresos. Y te dejan conectando cables y teclados, luces y presentaciones, para que todo salga bien. Cuentan contigo para sentirse acompañados, pero es una compañía provisoria y descartable.
No educan, humillan. Y, como bien se sabe, de la humillación, como del dolor, nada parece aprenderse. Y, aún peor: es muy posible que el humillado tome su revancha un poco después. Y humille, otra vez, siempre hacia abajo. Y ahora es otro quien mira, pero no te mire; habla pero no te habla; enseña, pero te destituye de la posibilidad de vivir.
En la humillación o se sobrevive como Narciso, despreciando y aborreciendo a todos los que te siguen y aman, dejando una estela de apasionados moribundos; o mal se sobrevive como Eco, languideciendo de amor y siendo incapaz de utilizar la propia voz “(…) excepto para repetir tontamente la de otra persona”.
Humillar quiere decir matar, casi con los mismos medios que el de las manos asfixiantes sobre el cuello. Aunque luego digan que no fueron ellos. Sino tu propia incapacidad. Tu infinita pequeñez. Tu propia soga.



HUMILLAR (1):

(Del lat. humiliāre). Inclinar o doblar una parte del cuerpo, como la cabeza o la rodilla, especialmente en señal de sumisión y acatamiento. Abatir el orgullo y altivez de alguien. Herir el amor propio o la dignidad de alguien. Taurom. Dicho de un toro: bajar la cabeza para embestir, o como precaución defensiva. Hacer actos de humildad. Dicho de una persona: pasar por una situación en la que su dignidad sufra algún menoscabo. Arrodillarse o hacer adoración.

HUMILLAR (2):


“Desde sus orígenes, el pedagogo guiaba a los niños, les transmitía, pasaba, sus sabes para poder posteriormente andar por su cuenta. Podríamos pensar en la idea de iluminar a los sin luces (a-lummus: alumno). Y en esta concepción cobra sentido la idea del pedaje como peaje, derecho de tránsito. Pasar, implica entonces un pago. Sea en forma de padecimiento, de agradecimiento, al que permitió dicho pasaje, o de reconocimiento de una relación de necesariedad” (Laura Duschatzsky, ‘Una cita con maestros. Los enigmas del encuentro con discípulos y aprendices’).
HUMILLAR (3):

“En tus manos todo lo que has perdido,
todo lo que has tocado.
En un rincón de tu cabeza
cada promesa y
cada promesa rota. En tu piel,
cada vez que fuiste rechazado,
cada vez que fuiste aceptado (…)”.
(Anne Michaels, ‘Buceadores de la piel’).

Vía: Carlos Skliar - En Facebook

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Este blog tiene moderación de comentarios. En breve, aparecerá publicado. Gracias por tu visita.