¿Desesperanza?


(Autointerrogatorio)

Jorge Riechmann



¿Desesperanza? Para mí hay un límite moral claro: el de las dos mil trescientas kilocalorías. Por encima de la ingestión de dos mil trescientas kilocalorías diarias, no tenemos derecho a la desesperanza, sino obligación de luchar.


Mucho blablá. Pero, coño: ¿sirve de algo la poesía? La poesía es rigurosamente inútil, desvalidamente inútil, y por tanto perfectamente inútil; y la poesía puede devolvernos a los muertos, restaurar el cordón umbilical con las estrellas, restañar con piedad las heridas constitutivas. Las dos vertientes son ciertas, y de forma simultánea.

No me convence. De nuevo: ¿para qué la poesía? La poesía nos recuerda siempre que venimos del extravío, que avanzamos extrañándonos, y que nos sustenta algo que sólo atinamos a nombrar: enigma. Es el castizo Cristóbal de Castillejo (1494-1550), censor de las italianizantes modas importadas por Garcilaso y Boscán, quien —malgré lui— acierta a captar en tres endecasílabos más que brillantes el temblor de alteridad y de deseo sin el cual enmudece la poesía: “...y oyéndoles hablar nuevo lenguaje / mezclado de extranjera poesía, / con ojos los miraban de extranjeros". Ese hablar nuevo lenguaje y esa mirada de extranjería son lo propio del poeta. En fin: una abeja en el corazón, por sugerirlo con la imagen del chileno Rosamel del Valle.

Perdona que insista. ¿En qué medida la poesía ayuda, auxilia? Por los caminos de la poesía, uno encuentra palabras que son suyas. Palabras que por supuesto proceden del acervo común, del gran bosque compartido del lenguaje, pero que al mismo tiempo son irremediable e intransferiblemente suyas. Como todo ser humano necesita palabras así —porque todos y todas necesitamos ser acogidos en el mundo—, la búsqueda del poeta puede ser inspiradora para los demás, y ayudarles.

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