Lo posible

Mujer, contigo,
que acunas una vida en tus entrañas,
se hace latido el mundo
y se completa (...)
Mujer, contigo
la vida se convierte
en metáfora eterna de lo bello.

Bermejo Jiménez, Concepción

Las encuentro conversando y me acerco. Son adolescentes y por tanto, bellas. Miro a los ojos a C. y la beso y abrazo.
-Papá te contó, me dice.
-Sí, ¿cómo te sentís?
Pregunta estúpida para una jovencita de dieciséis años que está embarazada de dos meses y medio. Su mejor amiga, J. intenta, en vano, contener las lágrimas que caen por su rostro entristecido. Observa y no dice nada.
Comenzamos una conversación respecto de su estado de salud, qué dijo el médico, para cuando es el parto.
Entonces, pienso: ¿qué hubiera pasado si fuera mi hija?
Le hablé como si lo fuera. Despejé su, hasta ahora, única preocupación, qué diría la gente cuando la viera embarazada.
Hablé de la Vida, de su hija o hijo; de la confianza que tenía en que iba a ser una excelente mamá, por como sabía que cuidaba a su hermano. Que sus padres la aman y la bancan en todo. Que en la vida, nada es como una quiere que sea. Y una no es lo que quiere, sino lo que puede.
En un momento, me dice, mamá me dijo lo mismo.
Hice bromas respecto de que se le hincharían los pies, engordaría, se afearía si es nena o estaría lindísima si es varón... cosas de vieja. Recité una estrofa de la canción del Nano y prometí grabarle un CD con el tema, para que ambos la escuchen.
Insistí en que, ahora, más que nunca, tiene que pensar en estudiar, porque es responsable por ella y su hijo.
Nos tomamos fuerte de las manos, y me agradeció las palabras.
Me voy pensando: no es lo ideal, pero es lo posible. Y la Vida es eso, no? Posibilidad.

4 comentarios:

  1. Si lo ideal fuera siempre lo posible. Seríamos siempre felices. Por suerte están los sueños y las utopías...y no somos siempre felices, pero al menos nos entretenemos buscando la felidad.
    Uy, me enredé. Ojalá sean felices y coman perdices y que vengan el gurí con un pan bajo el brazo...y todas esas cosas que decimos lo viejos.
    Un abrazo.

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  2. Horacio, como vos, también creo que la búsqueda de la felicidad, ese camino hacia los sueños y las utopías, es lo que nos hace andar. Pero, en mi caso, debo prestar atención a "lo posible", porque tengo una cierta tendencia al idealismo (no del que escribís vos, ja).
    Después de la charla con C. hablé con su amiga J. Me quedé gratamente sorprendida por la madurez que manifiestan algunos adolescentes. Tienen algo maravilloso: son francos, frontales, algo que a los adultos nos cuesta bastante. Encuentro que, a veces, nos gana la hipocresía, nos quedamos en el discurso del "deber ser", o lo "políticamente correcto", pero ¿quiénes somos en realidad? Tenemos coherencia entre lo que predicamos y lo que hacemos?
    Gracias por la visita.
    Besos.

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  3. Con los años aprendí que uno en la vida hace "lo que puede y no lo que quiere o lo que debe", eso me ha servido para comprender muchas cosas, y comprender a mucha gente, a la vez que "perdonarme" otras. Hace unos años, un profesor amigo dijo que él trataba de ser coherente "entre lo que siento y lo que pienso; entre lo que siento, lo que pienso y lo que digo; entre lo que siento, lo que pienso, lo que digo y lo que hago".
    Abrazos allende el Paraná...

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  4. UN SENTIMIENTO EN EL ORDEN DEL REENCUENTRO
    La altura de la felicidad

    Por Marcelo Augusto Pérez (Psicoanalista. El texto es un fragmento del trabajo que lleva el mismo título)

    http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-115671-2008-11-27.html

    “La felicidad no necesita ser transmutada en belleza, pero la desventura sí.” J. L. Borges
    Como todo lo que atañe al sujeto, el concepto de felicidad es cultural. Sin embargo, los tiempos que corren, ciencia mediante, traen noticias de altura: parece ser que se ha descubierto que las personas de estatura más alta son las más felices. La novedad surge, como siempre en estos casos, a partir de estadísticas: lo que les sucede a muchos, lo que está bajo la campana de Gauss. Leer que la felicidad está en la probabilidad de los “más altos” no sólo puede llevarnos a un sentimiento naïf de la ciencia y a pensar cómo se la banaliza, sino que, me parece y ante todo, raya con esas otras teorías que aportan manuales de felicidad por doquier: sabemos que si los laboratorios pudiesen vender la droga-de-la-felicidad (y el famoso woodyallesco Prozac tuvo ese mote), se agotaría en segundos. ¿Quién no desearía que se garantizara esa búsqueda infinita?

    Demócrito definió la felicidad como “la medida del placer y la proporción de la vida”, o sea como el mantenerse alejado de todo defecto y de todo exceso (Fragmentos, 191, Diels). De cualquier modo, felicidad e infelicidad pertenecen al alma (Fragmentos, 170), ya que sólo el alma “es la morada de nuestro destino” (Fragmentos, 171, Diels). El antiguo Hegugesias negó la posibilidad de la felicidad, precisamente por el hecho de que los placeres son muy raros y efímeros. Platón negó que la felicidad consistiera en el placer y, en cambio, la consideró relacionada con la virtud. Ya sea como virtud, como inteligencia (Plotino), como placer (Locke), o como altruismo (Russell), el concepto ha tenido virajes importantes. Kant, más cerca de Freud, declaró la imposibilidad de la realización de la felicidad (Crítica del juicio), ya que la satisfacción total es utópica.

    Freud (El malestar en la cultura) declaró: “¿Qué es lo que los seres humanos mismos dejan discernir, por su conducta, como fin y propósito de su vida? ¿Qué es lo que exigen de ella, lo que en ella quieren alcanzar? No es difícil acertar con la respuesta: quieren alcanzar la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla”. Y también Lacan (Seminario 7, clase 22, “La demanda de felicidad y la promesa analítica”) comenta: “He ahí, entonces, lo que conviene recordar en el momento en que el analista se encuentra, en suma, en posición de responder a quien le demanda la felicidad. Demandarle la felicidad; él no puede olvidar que esto, ancestralmente, para el hombre, plantea la cuestión del soberano bien y que él, el analista, sabe que esta cuestión es una cuestión cerrada. No sólo lo que se le demanda, el soberano bien, él seguramente no lo tiene, sino que sabe que no lo hay; porque ninguna otra cosa es haber llevado a su término un análisis sino haber asido, reencontrado, haber chocado rudamente con ese límite que es donde se plantea toda la problemática del deseo”.

    Freud había propuesto una definición categórica y puntual en 1898 (Carta 82 a Wilhelm Fliess): “Te incluyo en ésta mi definición de la ‘felicidad’ (¿o ya te la conté hace tiempo?). La felicidad es el cumplimiento diferido de un deseo prehistórico. He aquí por qué la riqueza nos hace tan poco felices: el dinero nunca fue un deseo de la infancia”. Y, en la Carta 107, de 1899: “Ese hombre halló la felicidad cuando descubrió el tesoro de Príamo, pues la felicidad sólo es posible merced al cumplimiento de un deseo infantil”.

    Así, el sentimiento de felicidad parece albergar algo en el orden de lo originario, de lo histórico, del re-encuentro. Y ofreció esa definición varios años antes de escribir, en Tres ensayos para una teoría sexual (1905), que todo encuentro con el objeto es propiamente un re-encuentro. Por eso Lacan (Seminario 7, clase 1) dijo: “Seguramente Freud no duda –no más que Aristóteles– que lo que el hombre busca, lo que es su fin, es la felicidad. Cosa curiosa, la felicidad (bonheur) en casi todas las lenguas se presenta en términos de reencuentro (Tykhê); hay allí alguna divinidad favorable. Felicidad es también para nosotros ‘augurio’, es también un buen presagio y también un buen reencuentro, pues hay un sentido objetivo en augurio”.

    El mismo Lacan dirá, sin embargo, que el sujeto es siempre feliz: a nivel pulsional, en lo que conocemos como goce, hay siempre satisfacción. La pulsión, en su recorrido, siempre se satisface; pero el deseo (ahí está todo el problema) por definición quedará insatisfecho: la histérica, que lo descubre y lo padece con su sintomatología, no hace más que decirlo a gritos. El obsesivo, con su deseo impotente, o el fóbico, con su deseo prevenido, no hacen más que cerrar el círculo neurótico que hace a la propia insatisfacción de la estructura.

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