I...como Ícaro

El sábado miramos un fragmento del film I COMME ÍCARE (Francia, 1979) dirigido por Henri Verneuil y protagonizado por Yves Montand.
Al verlo, podemos pensar sobre la sumisión a las órdenes o, en otras palabras, la obediencia debida.
Cuando somos obedientes, en vez de ser responsables, nos excusamos de las consecuencias de nuestras acciones. Como se dice en un momento de la película: “no soy quien para contradecirlos.”
¿Obsecuencia, cobardía, comodidad? No sé… para pensar.

El mito de Ícaro
Dédalo era un artista e inventor ateniense que había aprendido su arte con la diosa Atenea en persona. Sin embargo, le aventajaba su sobrino Talos, el cual siendo aún muy jóven, inventó la sierra, el torno de alfarero y el compás. Celoso, Dédalo arrojó a Talos desde el tejado del templo de Atenea y lo mató. Por esa razón fue desterrado hallando refugio en la corte del rey Minos, donde tuvo, con una joven esclava un hijo al que llamaron Ícaro.
Después de que Teseo matase al Minotauro, Minos encerró a Dédalo y a Ícaro en el laberinto. La única forma de escapar del laberinto era por el aire, ya que no tenía techo, por lo que Dédalo, construyó dos pares de alas con plumas y cera. Luego de decirle a Ícaro que no volase cerca del sol, para que la cera no se derritiese, ni demasiado cerca del mar, para que las plumas no se mojasen, ambos partieron volando. Pero ante la exultante libertad, Ícaro olvidó los consejos de su padre y voló tan alto que el sol derritió sus alas y se precipitó al océano, donde murió.
Dédalo llegó a salvo a Sicilia y se refugió en la corte del rey Cócalo. Minos lo persiguió, pero Dédalo, habiéndose instalado en el palacio de tuberías de agua caliente, lo mató hirviendo el agua mientras éste tomaba un baño.
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