La poesía ¿para qué?

Me contaron que Jorge Larrosa viene a la Argentina, en el mes de julio. Me pareció una buena noticia, ya que trabajamos con su Conferencia en la Cátedra de Pedagogía.
Yo había tenido la oportunidad de leer sus textos, pues cursé en Flacso Virtual: "Experiencia y Alteridad en Educación 2006". En la devolución del trabajo final, que recibí por mail, Larrosa inicia diciéndome:
Saludos a Gualeguay, esa ciudad que conozco por el poema de Juan L., por el río y, ahora por ti.
Después me "mata" con la crítica. En ese momento pensé: "Este hombre no sabe quién soy yo".
¿Pretender algo "ensayístico", "personal", cuando ni siquiera podía intervenir en el Café (ni hablar del Foro), porque era tal el nivel de discusión, que sentía que no podía aportar nada?

Tiempo después, ya en la Uader, cuando tuvimos que elegir el tema para elaborar la monografía de Transformaciones Culturales, esa frase inicial de aquel mail me llevó a producir Juan L. Ortiz. Palabras a la intemperie. Trabajo que significó un logro para mí, por el esfuerzo que me demandó, y por las consecuencias altamente positivas que me trajo.
Debo aquí expresar palabras de gratitud hacia el profesor de la cátedra, por haberme desafiado a dar lo mejor de mí, por abrirme el horizonte a ese mundo maravilloso de la cultura y el arte: la literatura, la música, la pintura... Lo paradójico fue que esto lo entendí y valoré después de que la monografía fue aprobada, tras dos instancias de corrección, bastantes arduas.
El profesor me dijo, durante el coloquio, que había conseguido demostrar cuál es el verdadero valor de la poesía en una sociedad.
Traigo un fragmento de la conclusión:

Los tiempos de la globalización, ¿son buenos tiempos para la poesía?
Sostenemos que la vida y la obra de Juan Laurentino Ortiz configuran el prototipo con el cual contrastar determinados aspectos de nuestra vida cultural.
La poesía de Ortiz es animismo, dice simplemente todo está vivo, todo tiene un alma, los seres de la naturaleza preguntan, sonríen, cantan, murmuran… Y es, fundamentalmente, humanismo que expresa piedad, en su acepción más comprometida, la honda sensibilidad hacia la realidad cruda del hombre, a su dolorosa historicidad.
Si bien el río es la metáfora de su poesía, se contrapone con lo fluido propio de esta modernidad líquida. Encontramos aquí un fuerte antagonismo, en el nuevo modo de concebir las relaciones humanas, caracterizado por la transitoriedad y la fragilidad de los vínculos. En el mismo sentido, hoy, los seres humanos convertidos en objetos de consumo, a la par que consumistas, soslayan los valores espirituales, en una vorágine, en la cual lo novedoso está por encima de lo perdurable.
En la poética de Ortiz se enfatiza el paisaje, tanto en su dimensión histórica a la que sirve de escenario como a la naturaleza que lo configura. En los últimos años, el progreso de la civilización ha traído aparejado el deterioro de la naturaleza, del medio ambiente.
Frente a la naturaleza y frente a los libros, Juan L. Ortiz, hallaba respuestas sugerentes a sus interrogaciones, aproximaciones refinadas y vacilantes al conocimiento. Lector incansable, escritor admirable, editor minucioso; su relación con el libro es inquebrantable a lo largo de su existencia. La Biblioteca Popular de Gualeguay evoca su figura, en un ámbito favorable para la continuidad de una tradición lectora material y palpable. En oposición, la tecnología ofrece nuevos formatos y canales digitales que engendran una transformación, no sólo en relación con los libros, sino, más ampliamente, en las condiciones de inmutabilidad que ostentaban las obras culturales.
¿Son buenos tiempos para la poesía? Creemos que, tanto en la continuidad como en la innovación de las maneras de vivir juntos, las palabras son constitutivas del ser humano. Y, esencialmente, las palabras a la intemperie.

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