En busca de sentido

Viktor Frankl: El hombre que encontró una respuesta
Por Sergio Sinay.


Toda persona tiene un destino y es ella, y sólo ella quien puede alcanzarlo. Mientras no lo haga, su vida carecerá de sentido, estará teñida por la angustia existencial. La vida nos plantea problemas e interrogantes, y vivir significa asumir la responsabilidad de responderlos a través de actitudes, de acciones, de elecciones que la misma existencia nos propone a cada momento. Tenemos que dejar de esperar cosas de la vida. Es la vida quien espera algo de nosotros, que le demos sentido y significado y que lo hagamos a través del amor, de la empatía, de la compasión, de la solidaridad, de la creación.
Hace poco más de sesenta años, a fines de 1946, en un mundo que aún tenía abiertas y en carne viva las heridas de la guerra más terrible, un hombre que había sobrevivido al campo de concentración de Auschwitz (verdadero paradigma del horror) y a la muerte de todos sus seres queridos (madre, hermanos, padre, esposa) proponía esta mirada sobre la vida humana. Lo hacía en un libro breve, inspirado y luminoso que, desde entonces, no ha dejado de reeditarse una y otra vez en decenas de idiomas. Esa persona se llamaba Víktor Emil Frankl y el libro se titula El hombre en busca de sentido. Frankl fue liberado del campo de concentración el 27 de abril de 1945. Tenía una pregunta: ¿Para qué debía servir tanto sufrimiento, cuál era su sentido? Estaba triste, cansado, desesperado. Y se aferró a la escritura. El hombre en busca de sentido fue escrito en nueve días, como respuesta a su propio interrogante. Sólo paraba, a veces, para llorar. “Las esclusas estaban abiertas –recordó- y los pensamientos me invadían y guiaban con dolorosa claridad”.
En Auschwitz, Frankl atravesó las más oscuras depresiones, topó de frente con el sinsentido, confrontó al Mal en su estado más esencial. “Se trataba de una situación en la que es difícil sobrevivir, incluso para alguien de fuerte voluntad, imbuido de fe y sentido, como Frankl”, escribe su biógrafo y discípulo, el médico y filósofo austriaco Alfred Längle. “Sus amigos lo sostuvieron, pudo llorar, encontró compasión y consuelo humano”. Y, sobre todo, convirtió su experiencia en el punto de partida para una propuesta existencial que aplicó a su trabajo, a sus vínculos, a su manera de pensar y de estar en el mundo. En cualquier lugar y circunstancia, pase lo que pase, sean cuales fueren los condicionantes y limitaciones que nos afecten, nadie puede quitarnos la libertad de elegir nuestra actitud ante la situación que vivimos, sostenía Frankl. En eso consiste la verdadera libertad y en ella se gesta la responsabilidad. Cuando renunciamos a ésta nos arrojamos al vacío de la angustia. En este poderoso y vigente libro que cumple sesenta años en estos días, estas ideas (sobre las cuales Frankl construyó la logoterapia), se despliegan con reveladora sencillez y profundidad. Y alcanzan a ser tan claras e intensas porque se transmiten desde lo vivido.
Víktor Frankl tenía 41 años cuando escribió El hombre en busca de sentido. Había nacido en Viena el 26 de marzo de 1905 y murió en esa misma ciudad a los 92 años. Fue fiel a sus propias propuestas, construyó (y luego de la tragedia reconstruyó) su vida con voluntad de sentido, eligiendo sus actitudes, con responsabilidad. Era médico y psicoterapeuta, creó lo que el filósofo húngaro Georg Lúkacs definió como “una psicoterapia con rostro humano”, alejada de los determinismos, de las ideas de “causa y efecto”. Él creía, en cambio, en “razón y consecuencia”. Insistía en que somos libres y en que eso nos hace responsables (y viceversa) y, como profesional, establecía la relación con sus pacientes desde ese lugar. Las neurosis, sostenía, se originan, ante todo, en el desencuentro con el sentido de la vida, en la falta de respuestas, o de voluntad para buscarlas, a las preguntas que la vida nos hace. Se consideraba a sí mismo filósofo (y lo era) y se proponía, recuerda Längle, ser un “abogado pastoral de la espiritualidad humana”. Y lo fue. Dio testimonio de ello en su obra y en su vida.
El amor, según Frankl, sólo se da entre sujetos, por lo tanto el otro es esencial, debe ser registrado, tomado en cuenta, respetado. Ese es el pilar de una vida ética. No se puede hablar de psicoterapia, insistía, sin hablar de amor. Y no se puede construir una vida trascendente sin incorporarlo. Sesenta años después, en un mundo desorientado y a menudo sombrío, El hombre en busca de sentido es una verdadera hoja de ruta.

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