“Ser Fernández Moreno me pesó en lo positivo y en lo negativo”


Inés Fernández Moreno vive en Parque Chas y justamente en ese barrio porteño transcurre la historia de uno de sus cuentos más difundidos: “Milagro en Parque Chas” que forma parte de una antología llamada “Cuentos de Fútbol” publicado por la editorial Alfaguara.
Inés es una mujer naturalmente simpática y en el living de su casa me cuenta como fue esa experiencia de escribir un cuento de fútbol. “Yo de fútbol no sé nada, es más, no me gusta el fútbol, tengo un marido futbolero, y estoy saturada de fútbol. Cuando me dijeron de escribir un cuento para esta antología a mí me pareció una tarea imposible. Después, empecé a buscar ideas y a medida que me fui entusiasmando empecé a documentarme, porque un escritor que se documenta en realidad puede escribir de cualquier cosa. Y salió bien el cuento, me gusta, porque es un cuento que me ha dado muchas satisfacciones”.
Inés nació en Buenos Aires, el 28 de agosto de 1947. Se ha ganado por mérito propio, un lugar en la literatura argentina, más allá del prestigio que ostenta su apellido ya que es hija de César y nieta de Baldomero Fernández Moreno.
Contrariamente a lo que uno puede suponer, viniendo de familia de poetas, Inés se define como cuentista, aunque reconoce cierto acercamiento entre el cuento y la poesía. “Alguien me dijo una vez que el cuento es una aproximación a la poesía. El cuento, por su economía, por la tensión que maneja, está más próximo a la poesía que la novela. Nunca escribí poesía, tal vez porque es un terreno muy sagrado para mí y más bien me repliego ante la fantasía de escribir poesía. Para mí, la poesía es el lugar donde se condensa la literatura, es el lugar más intenso literario, de mayor exigencia. De todas maneras, creo que inicialmente, yo manejaba una prosa bastante poética o una prosa con una presencia de lo poético”.
-¿Te pesó el ser Fernández Moreno?
-Sí, claro que sí, seguro que me pesó. Por el lado positivo y por el lado negativo. Por el positivo por todo lo que habré acumulado, todo lo que habré mamado. Lo negativo por toda esta cosa de ¿y yo quién soy?, ¿qué hago acá?. Sí, no es como ser Juan Pérez.

Inés Fernández Moreno, trabajó muchos años en publicidad y comenta sobre sus comienzos. “Tengo una íntima amiga, que es escritora, que empezó a trabajar como redactora publicitaria en una agencia de publicidad, ella me avisó que en una agencia chiquita buscaban un redactor publicitario y me presenté. La directora creativa era Cecilia Absatz (periodista y escritora), me tomó una prueba y ahí empecé. En esos años, en publicidad trabajaba gente como Isidoro Blastein, Marcos Mundstock, Guillermo Saccomano, Ana María Shua, Jorge Guinzburg. Fue por esa época que empezaron las carreras más formales de publicidad, pero en aquel entonces, había pintores, escritores, periodistas, que vivían de la publicidad”.
-Y trabajaste también en periodismo…
-Sí. En el mismo momento en que trabajaba en publicidad, en Clarín salían unos artículos de opinión, de vida cotidiana, y me propuse escribir algo para mandarlo. Yo estaba embarazada en ese momento y el artículo hablaba de lo que le pasa a la mujer cuando está embarazada, con una serie de reflexiones. Lo escribí, lo mandé a Clarín y me lo publicaron. Después escribí otro y otro. Empecé a escribir distintas colaboraciones y descubrí en lo periodístico, una posibilidad de desplegar la escritura de una manera más libre. Entonces desde ese momento, algo me hizo un “click”. Me hablaron de un taller literario que daba Sylvia Iparraguirre y dije; voy a probar. Entonces empecé a ir al taller y pocos meses después Sylvia me propone ir al taller de Abelardo (Castillo).

Sylvia Iparraguirre –escritora- es la esposa de Abelardo Castillo, por quién Inés no disimula su admiración. “En esa época, Abelardo, que es un maestro, tenía un taller donde había gente que ya escribía mucho, estaba Edgardo González Amer, Marcelo Caruso, Juan Forn. Fui al taller de Abelardo y fue como abrir una compuerta, empecé a escribir un cuento por semana. Aprendí mucho, porque Abelardo tiene una visión radiográfica, de mucha precisión acerca de la estructura y funcionamiento de un cuento. El taller literario, inicialmente con Sylvia y después con Abelardo, fue para mí muy importante”.
Inés Fernández Moreno, publicó su primer libro de cuentos: “La vida en la cornisa”, en 1993 y se define como una escritora tardía. “Empecé grande a escribir. Es decir, por un lado escribí toda mi vida porque hice la carrera de Letras, porque trabajé en publicidad, ese trabajo tenía que ver con escribir”.
-Pero nunca, formalmente, te sentaste a escribir un cuento…
-No, nunca. Supongo que tiene que ver con una exigencia muy alta puesta en la literatura. Yo tenía un abuelo, Baldomero, bastante célebre y un padre que también era un poeta importante. Era un nivel muy alto de exigencia, también debía haber una cuestión de género, porque en la familia eran más bien los hombres los que escribían...
-Uno tiende a pensar que ese ambiente te fomentaba...
-Y por un lado te fomenta, porque yo escribía bien, mis redacciones eran buenas, no tenía faltas de ortografía. Es decir, naturalmente escribía bien porque había un medio que lo propiciaba. De chicos jugábamos al scrabble, se hacían muchos chistes verbales. Mi abuelo, como un juego, hacía practicar métrica cuando hablaban en la mesa.
-Recibiste toda esa carga cultural como una herencia familiar, era difícil escaparte de ese camino…
-Sí, pero yo me pasé mucho tiempo haciendo otras cosas. Seguí la carrera de Letras porque no sabía que seguir. Había empezado Derecho y dejé; en una época hice danzas, después empecé Medicina un año, no sabía que hacer y trabajaba en publicidad desde los 18 años.
-¿Y cómo fue la experiencia de publicar el primer libro?
-Con una primera colección de cuentos que me pareció sólida comencé mi caminito de editorial en editorial. Finalmente, el primer libro me lo publicó Emecé. Después -esto también lo decía Abelardo-, una cosa es escribir los primeros cuentos, conseguir la primera publicación, y otra sostener esos logros a lo largo del tiempo…
-Eso es más responsabilidad...
-Eso es más duro. Y de pronto aguantar que pueda pasar un año y solo escribas un cuento. Porque después, vas queriendo más y vas queriendo distinto y vas queriendo crecer, entonces ahí son otros los problemas que se te plantean.

Inés ha publicado varios libros de cuentos: La vida en la cornisa, en 1993; Un amor de agua, en 1997; Hombres como médanos, en 2003; y dos novelas: La última vez que maté a mi madre, en 1999 y La profesora de español, en 2005.
Ha recibido numerosos premios en nuestro país y en España, donde vivió tres años. “De acá tengo el municipal de cuento y el municipal de novela, y tengo varios en España”.
-Los premios te dan confianza...
-Claro, porque yo traía esa carga de ser parte de una familia con tanto personaje.
-Vos dijiste una vez que la literatura sale a partir de una crisis...
-Bueno, no tan literalmente, pero sí a partir de cierta problemática, de algo que falta, la literatura te permite desarrollar sustitutos, compensaciones, como una especie de muleta. Si la estás pasando bien, estás enamorado, tenés plata, estás viajando, que te vas a poner a escribir.
-Borges decía que él armaba el cuento en su cabeza y después lo único que hacía era dictarlo, cuando ya no veía bien...
-Yo estoy de acuerdo, es bastante así.
-¿Cómo te pasa a vos?
-Ahora, no sé muy bien. Te digo como era cuando escribía cuentos con mucha regularidad. A mí se me ocurría una idea que me gustaba -y eso es misterioso, porque algunas cosas te producen un efecto y otras no- o alguien me contaba algo. Por ejemplo, una vez, alguien me contó que una mujer que conocía tenía un amante y que cuando se encontraba con él le llevaba comida. Eso me pareció extraordinario, me pregunté: ¿para eso tenés un amante, para llevarle comida a un hotel?
-Era una manera de manifestarle el amor a través de la comida…
-Bueno... pero para eso tenía al marido. Tener que cocinar para llevarle la comida al amante francamente no sé cuál es el negocio. (risas) Bueno, a mí me pareció tan loca, tan disparatada esa idea, entonces tomé eso y lo empecé a fantasear mentalmente, comencé a mezclar esa idea con cosas que me suceden, con aquellos lugares a donde me va llevando la escritura…
-Pero vos decís, yo empiezo acá el cuento y el final va a ser este…
-Depende del tipo de cuento. Este cuento no tiene un final sorprendente, porque para mí el nudo del cuento es esa confusión entre el amante y el marido; el cuento es eso, no es un final. A veces el cuento es una atmósfera, o el discurso de alguien, la forma tan particular que tiene alguien de hablar.
-Te gusta trabajar sobre el humor, te gusta el humor…
-Sí, me gusta mucho el humor. Me parece que el humor en general es una de las formas de la inteligencia. Porque el humor te permite tomar distancia de las cosas. Y en el humor siempre hay un corte con respecto a lo establecido, te permite ver algo de una manera insólita o diferente, de una manera en que no lo hubieras visto nunca, creo que la escritura tiene que ver con eso también.
-¿Qué cosas te gustan leer?
-Soy bastante indisciplinada para leer. Trato de ir guiando mis lecturas, pero no significa que lo consiga. Por ejemplo, no había leído nada de todos estos autores japoneses que están circulando ahora, (Yasunari) Kawabata, (Haruki) Murakami, entonces dije bueno, quiero leer un poco de estos japoneses. También trato de leer literatura argentina, leer autores jóvenes. Leí a Samanta Schweblin, que me gustó muchísimo. Y leo cuentistas, ahora estoy leyendo unos cuentos de Julian Barnes, que me encantan. Me gusta mucho Dino Buzzati, pero son difíciles de conseguir sus libros acá. En general no consigo seguir una línea muy orgánica para mis lecturas, leo en forma desordenada. Una cosa que decía Abelardo, que es interesante, es leer a los autores que mencionan los autores que vos leés y te gustan. Pero en general cumplo poco con estas consignas.
-Así como sos medio indisciplinada para leer, ¿lo sos para escribir?¿En qué momento escribís?
-No tengo un momento determinado, en realidad depende de distintos momentos o etapas de mi vida. Cuando estaba escribiendo la novela en España que trabajaba menos y tenía ese proyecto, me sentaba todos los días a la mañana, dos o tres horas. Escribir -creo que lo decía Hebe Uhart en una charla- es mucho pensar, no es sentarte a escribir. Es todo ese tiempo que vas pensando, que tenés la fantasía de quien es ese personaje y que diría. Todo ese trabajo de pensamiento, de asociaciones y de fantasía es un trabajo tan importante como el trabajo de escribir.
-Primero elaborás en tu cabeza para después volcarlo en el papel…
-Yo pienso y después escribo y cuando lo hago, me pasa que a veces no encuentro lo que había fantaseado inicialmente o bien va en otra dirección inesperada.
-¿Relees las cosas que ya publicaste?
-No, no, ya están. A veces las miro con extrañeza. Hay ciertas cosas que ya no podría escribir, vas cambiando. A mí me gustaría escribir de la manera más sintética posible ahora, cosa que antes no me pasaba, creo que me floreaba más, me engolosinaba más con las palabras.
-¿Cómo fue la experiencia de irte a España en el 2002?
-Lo de irme a España está más vinculado a la crisis económica Tengo un marido arquitecto y apareció una oportunidad de trabajo. Acá las cosas estaban mal y entonces decidimos irnos como tanta gente que se fue en ese momento, con la diferencia que nos fuimos más grandes, pero siempre con la idea de volver.
-¿Lo viviste como algo traumático?
-Sí, fue traumático. La verdad que sí. Fue traumático, porque en ese momento la sensación del país era que se iba todo al diablo, que no había salida, que se hundía, era una sensación de catástrofe, como que había que evacuar, como si fuera una guerra y había que salir corriendo de aquí…
-Pero pensando en volver…
-Sí, pensando en volver, pensando en ir unos años y volver. Y pensando en que por ahí nuestros hijos tuvieran la opción de zafar si el país se iba al diablo, tener otro punto de partida.
-¿Qué edad tenían tus hijos?
-Anita tenía 15 y Octavio tenía 20. El otro es más grande, pero ya estaba viviendo en Europa.
-Para ellos también fue duro…
-Sí, pero coincidió con que Octavio hacía tiempo que quería irse, como él toca el piano, quería ir a estudiar al conservatorio de Ámsterdam. A Anita que era más chiquita, la idea le pareció como una aventura. Fue distinto después allá porque cada uno vivió sus experiencias duras.
-¿Y a vos que te pasó?
-Por un lado la pasé mal porque extrañaba, empecé a darme cuenta que era muy duro estar fuera, había tenido que dejar todos mis afectos, todas mis cosas. Por un lado sufrí, pero por otro lado me divertí. Hice cosas que sino no hubiera hecho. No me arrepiento porque fue una opción que tenía más de valentía y de aventura que otras alternativas.
-Y estando en España escribís tu última novela, “La profesora de español”.
-Sí, yo daba clase de español y empecé a tropezar con una serie de personajes muy pintorescos para mí. Les daba clase a alemanes, a iraníes, a franceses, a ingleses, y además estaba en un lugar totalmente nuevo. Toda esa serie de relaciones nuevas que yo tenía con los alumnos, con el lugar, era algo muy rico como experiencia. Entonces pensé que ahí tenía una estructura posible, cada alumno fue una experiencia distinta. Y en el medio está el tema de la inmigración, de lo que uno extraña, la experiencia de lo que es instalarte en un lugar nuevo y la experiencia del trabajo y el contacto con los otros.
-Cómo ves al país después de esta experiencia de vivir en España.
-Veo el país recuperado económicamente, me parece que hay algunas voluntades de trabajar más seriamente. Lo que también sigo viendo, es como una tela de la que está hecho el país que sigue siendo la misma. Hay problemas que son estructurales; la corrupción, la falta de seriedad para trabajar, la poca responsabilidad, el sálvese quien pueda. Todo lo que nosotros reconocemos como nuestros defectos y de lo que nos quejamos los argentinos. Pero también veo cosas en las que se avanza, gente inteligente y constante que de todas maneras sigue desarrollando proyectos, instituciones que trabajan y que hacen lo propio, gente con solidaridad y vocación para el trabajo comunitario.

Claudio Carraud
ccarraud@hotmail.com

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